Niño

 

En su colegio, como en todos los demás, castigaban a los niños que pensaban por sí mismos y actuaban en consecuencia. Las preguntas que se salían de la norma eran tachadas como impertinencias, la sumisión era ley, una ley presentada como la salvación de los niños.

Los niños, los niños no entienden nada, no comprenden nuestro mundo adulto, debemos prepararles para la crueldad del universo, para las sombras de la condición humana, ellos deben obedecer, deben desoír sus mentes, deben oírnos a nosotros, los profesores.

Los profesores, gente incompleta, cuántos de ellos han vivido una vida plena, cuántos de ellos buscan algo más que un puesto fijo vitalicio que les permita apagar sus mentes, hora a hora, mes a mes, año a año, cuántos de ellos quieren educar, quieren transmitir, quieren guiar.

Los educadores que a lo largo de su vida le habían hablado de verdad, que le habían visto por dentro, o que simplemente le habían enseñado algo de provecho no llegaban a contarse con los dedos de una mano. Cuando fue adulto y fue siendo consciente del despropósito abrió la herida y la curó con música.

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¿En qué me convertiré?
(Palmas palmitas, higos y castañitas)
¿Quién voy a llegar a ser?  
(El patio de mi casa es particular)
“¡Qué va! Tú no vas a fracasar,
niño… niño… niño… niño… tú eres especial”
(Ahí va el conejo de la suerte)

Y qué si voy a malgastar
El aire que me queda, detrás
De mis ojos está mi cerebro
Por ahora lo poco que tengo

¿Qué va a ser de los demás?
(Palmas palmitas, higos y castañitas)
Sé que no les va a gustar
(El patio de mi casa es particular)
“¡Qué va! Tú no eres especial,
niño… niño… niño… niño… vas a fracasar”
(Ahí va el conejo de la suerte)
 
Y qué si voy a respirar
El aire que me queda, detrás
De mi cuerpo están mis sentidos
Por ahora de lo que me fío.